1/2/05

Cuba - Enero 2005



Para pasar el invierno nada mejor que visitar un país como Cuba. La experiencia ha sido muy gratificante, buen clima, buen ambiente y sobretodo buena gente. Recomiendo a todo el mundo que pueda que no se lo piense y visite a los cubanos, una experiencia inolvidable. Como última recomendación, no os podéis perder las ciudades de Trinidad y Cienfuegos, es otro ambiente bastante diferente a la Habana, por cierto Varadero es completamente prescindible.

Primeras Impresiones

Hacía tiempo que deseábamos conocer esta famosa isla del Caribe. Todas las personas que ya la habían visitado nos habían dicho lo mismo: “Tenéis que visitarla antes de que Fidel Castro muera. Es digno de ver el ingenio y la inventiva con la que los cubanos intentan salir adelante, a pesar de lo poco que poseen. Es un país único”.

Así es que, dicho y hecho, ¿qué mejor lugar hay para aprovechar una semana libre en el calendario laboral?.

Esta vez escogimos ir con un tour-operador que organizaba todo el viaje, así no nos complicábamos la vida buscando medios de transporte, hoteles, etc., ya que no disponíamos de mucho tiempo para ello.

El sábado 8 de enero nuestro avión se aproximaba a la isla. Desde hacía un rato estábamos todos los viajeros emocionados asomándonos por las minúsculas ventanillas para poder contemplar el azul esmeralda del mar Caribe. La verdad es que es una verdadera contradicción pensar cómo los países que tienen la suerte de estar ubicados en semejante paraíso natural padecen tantas dificultades económicas y políticas.

Pronto pudimos contemplar la costa de Cuba, con playas de arenas blancas y aguas turquesa. Entramos por la costa sur y la cruzamos hacia el norte, pudiendo contemplar los paisajes rurales. Lo primero que me llamó la atención fue la poca cantidad de árboles que se divisaba, ya que la mayoría del terreno ha sido explotado. No divisé selvas, ni bosques, aunque más tarde durante el viaje pude ver que aún quedan algunos en las montañas.

Cuando por fin aterrizamos y entramos en el aeropuerto de la Habana, me sorprendió el buen estado en el que se encontraba. Me habían explicado tantas cosas sobre el estado ruinoso del país que me había imaginado el aeropuerto como cuatro casuchas derruidas.

Lejos de ser así, también me sorprendió de grata manera el transporte que usamos los turistas para llegar hasta la ciudad. Varios autobuses modernos y bien equipados trasladaron a todos los “guiris” que acabábamos de llegar a nuestros respectivos hoteles.

Las carreteras y autopistas están bien asfaltadas, son anchas y sin mucha circulación. Estas vías fueron construidas en su día en colaboración con la URSS, debido a que compartían la ideología política del comunismo. Algunas de ellas nunca se finalizaron al caer el régimen comunista de los rusos.

Cuando llegamos al hotel salimos enseguida, ansiosos, a visitar por fin la tan esperada Habana.

Alrededor del hotel las casas estaban muy deterioradas. El color de las fachadas es muy oscuro, debido a la contaminación, la degradación debida al paso de los años y el salitre del mar. Pero aún conservan la dignidad y belleza que tuvieron en su día, con sus cornisas labradas, columnas de varios estilos y grandes ventanales.

Algunas casas estaban siendo reconstruidas, pero otras se encontraban en verdadero estado ruinoso, con los balcones totalmente derrumbados y maderas colocadas a forma de barandilla para evitar la caída de las familias que habitan las casas. Cuando ves estas cosas es cuando una se da cuenta de la suerte que tenemos de vivir dónde vivimos y tener la casa que tenemos, con todas las comodidades. Aunque no hay que olvidar que en España hay gente que no tiene esta suerte...

Huyendo de Esteban

En nuestro primer paseo por la Habana pudimos disfrutar de la fresca brisa marina que corría en el Malecón, un largo paseo junto al acantilado bañado por el mar Caribe. El mismo lugar en el que en el año 1996 los balseros se lanzaban al agua en neumáticos, maderos o camiones flotantes en busca de la tan deseada libertad.

Enseguida se nos aproximó un muchacho de unos veinte años. Iba bien vestido y calzado con zapatillas de marca. Comenzó a perseguirnos y a tratar de embaucarnos para que visitáramos ciertos sitios en los que, seguramente, tenía comisión. La verdad, no era el tipo de compañía de deseábamos tener para conocer la realidad cubana y visitar la ciudad, así es que educadamente “pasamos” de él.

Caminando por el hermoso paseo José Martí, muchos cubanos nos dirigían saludos del tipo ¡¡“España, España!!”.

Una simpática pareja de color que nos cruzamos se paró a hablar con nosotros y se ofreció a acompañarnos. En la Habana es muy fácil conocer gente, pero hay que saber que, a pesar de que su simpatía es totalmente natural, se lanzan a conocer a los turistas movidos por la necesidad de obtener ingresos extraordinarios, única forma de poder llevar una vida medianamente digna.

Accedimos a pasear con ellos, ya que nos encanta conocer a los lugareños de los países que visitamos. Pronto se nos presentaron: María y Julio. Formaban pareja actualmente. Y digo actualmente, porque en Cuba se cambia de pareja como de camisa.

María tenía un hijo de nueve años de otro hombre y vivían con su madre. Nos enseñó una foto del niño y la abuela sentados en una habitación ruinosa de su casa.

Callejeamos por el barrio Chino, zona de la Habana habitada por los descendientes de los chinos que arribaron a Cuba durante el siglo diecinueve. Era curioso ver sus rasgos asiáticos y oír su perfecto español con marcado acento cubano.

Entramos a un bar (de los pocos que hay) a tomar unos deliciosos mojitos, una bebida típica cubana preparada con ron, lima y hierbabuena que resucita a un difunto. En la intimidad de aquel bar nos empezaron a explicar la dura vida que llevan los habitantes de la isla.

Fue curioso cuando María nos miró fijamente con sus ojos como platos y su oscura tez preguntándonos: “¿Tú sabe quién é Eteban?”

No nos esperábamos semejante pregunta y sólo se me ocurrió responder: "mi padre!”. A lo que María contestó: “Noooo, Eteban é “Ete Bandido”: Fidel!!! Le llamamo así pa que la polisía no sepa de quién etamos hablando, poque no podemo desí lo que pensamo!”.

No pude menos que contener la risa, aunque pronto me di cuenta de lo duro que es para esta pobre gente no tener libertad de expresión, no poder opinar públicamente y desear conocer turistas para explicarles su situación real e intentar obtener información sobre el resto del mundo, ya que “Esteban” les tiene vedado todo medio de comunicación e información que no sea del gobierno.

Por suerte nosotros vivimos muy pocos años de dictadura y éramos tan pequeños que no recordamos nada, pero debió de ser también muy duro para los españoles soportar semejante situación política. No hay que olvidar que familiares nuestros la sufrieron e incluso murieron o fueron encarcelados por tener ideologías diferentes al régimen.

En Cuba sólo existe un periódico, el “Granma”, que lógicamente sólo habla de las glorias de la Revolución llevada a cabo por Fidel hace cuarenta años. Parece un diario sacado de esa época, ya que la mayoría de noticias no tratan temas actuales sino que repiten machaconamente las mismas historias con fotos grisáceas y anticuadas. Resulta bastante cansino y atosigante.

Los cubanos no tienen acceso a otro tipo de prensa, ni a Internet. Por eso nos pedían encarecidamente que les diéramos revistas o periódicos que hubiéramos traído de España. Lástima que no se nos había ocurrido llevar nada de eso.

Además de no tener libertad de opinión, el pueblo se ha de contentar con lo que el gobierno cree que es necesario para vivir o, mejor dicho, sobrevivir. Todos tienen su cartilla de racionamiento (¿de qué nos suena también eso?), por la que reciben al mes un poco de azúcar, frijoles, arroz y poco más. La leche es un lujo sólo permitido a niños hasta 7 años y ancianos. La carne de res se permite unas tres veces al año, ya que los animales pertenecen al gobierno. Nadie puede matarlos, puesto que está duramente penado. Tampoco se ven granjas de cría, así es que las pocas vacas que hay se destinan a la obtención de leche. Cuando los animales mueren de viejos es cuando ya se permite su consumo...

El bar estaba lleno de cubanos acompañando a turistas, ávidos los unos de contar su situación y sacar unos pesos, y los otros por conocer de primera mano la vida en la isla.

Julio hizo un comentario que jamás olvidaré: “De ete año no pasa, ete año agarro un neumático y me lanso al agua. Ya no aguanto má eta situasión, prefiero moril a quedalme aquí más tiempo”.

Es la primera vez que oigo a alguien decirme algo así, harta de ver en la televisión tantas y tantas imágenes de subsaharianos arribando en condiciones lamentables a las costas de Canarias o Cádiz. Se me erizó el vello y traté de buscar un buen argumento para convencerlo de no hacer semejante locura. No se me ocurrió nada convincente, salvo explicarle que lo más probable es que muriera devorado por los tiburones, ahogado o de hipotermia y que tarde o temprano Castró desaparecerá, que es cuestión de paciencia...

A lo que Julio me contestó: “Etamo hartos de esperal. Son ya cualenta año y éte no se morirá jamá. Ademá no sabemo que será cuando él se vaya. Si vienen lo americano será peol, mucho peol... Ojalá tuviéramo aquí el estrecho de Gibraltal, que é más corto”.

Los cubanos tienen verdadero miedo a lo que el futuro les va a deparar. Su situación actual es terrible pero sienten aún más terror a una posible invasión norteamericana cuando Castro muera, o bien a una sucesión igual de dictatorial o peor por parte de su hermano, Raúl.

Tras acabar nuestros mojitos, nos acompañaron al hotel, dónde les entregamos dos bolsas llenas de ropa, jabones, dentífrico, compresas, medicinas, y un juguete para el niño que habíamos traído de España. Les dimos también algo de dinero que, aunque no les sacara de su angosta situación, suponía el sueldo de tres meses para ellos y les permitiría ir al mercado a comprar leche y otros alimentos.

Santería para huir de la realidad

En Cuba no observamos un gran seguimiento del Catolicismo. En lo que mayormente se nota la diferencia de convicciones religiosas con otros países latinoamericanos es que los cubanos no tienen muchos hijos y no se conforman con lo poco que tienen.

Tanto Julio y María, como muchos otros cubanos practican la Santería, una religión de creencias animistas africanas traídas por los esclavos trasladados a Cuba entre los siglos XVI y XIX, que disfrazaron detrás de las imágenes de los santos y vírgenes católicos con las que encontraron semejanza.

Nos acompañaron a visitar una pequeña iglesia, en la que algunas personas rezaban. En los laterales, como es costumbre en las iglesias católicas, estaban expuestas las representaciones de Cristo, la Virgen y algunos santos. María nos fue identificando cada una de esas figuras con nombres de deidades africanas, u orichas, como Yemayá, la diosa del mar y madre de todos los santos, que se reconoce como la Virgen de Regla.

Julio creía fervientemente en los ritos santeros desde que, siendo un niño, fue curado del asma que padecía tras ingerir un remedio preparado por un sacerdote o babalao. La pócima consistía en aceite en el que se había dejado macerar dos cucarachas, una cochinilla y cuatro cosas más. Aunque suene asqueroso, juró y perjuró que aquello le eliminó por siempre los terribles ataques de asma que sufría. ¿Cuestión de fe?

Se crea o no en ello, la santería mantiene un halo de misterio y magia que hace aún más exótica la isla.

La situación política de Cuba

Como ya se ha explicado anteriormente, la situación política actual de Cuba es definible como una dictadura, con lo que ello supone: principalmente falta de libertad.

Contradictoriamente, la llegada al poder de Fidel fue una liberación del pueblo cubano ante la dictadura de Batista y la invasión norteamericana que había convertido a Cuba en un casino y un gran burdel.

La famosa Revolución fue llevada a cabo entre el malogrado Ernesto Ché Guevara y Fidel Castro.

El nuevo gobierno instauró muchas ventajas sociales, como el servicio de Seguridad Social y la educación pública. Gracias a ello, hoy en día Cuba es un país sin analfabetismo y en el que toda su población dispone de médicos, hospitales y (algunas) medicinas.

Sin embargo, debido al régimen comunista que Fidel aplicó, la población no es libre de adquirir los bienes materiales que desee, incluso los alimentos son racionados y controlados por el gobierno, así como los bienes de primera necesidad (compresas, pañales, ropa, etc.) Esto, sumado al terrible embargo que los Estados Unidos aplicaron a Cuba desde el inicio de la Revolución, hace que la situación de este país sea casi insostenible.

Si se compara Cuba con otros países de Latinoamérica que hemos visitado, por ejemplo Perú, podría decir que en esta isla se vive mucho mejor. En ningún momento vi niños trabajando, mendigando o callejeando, contrariamente a esto, todos van al colegio y juegan en las calles como en cualquier país desarrollado. Tampoco se ve vagabundos ni personas desnutridas.

Pero si lo comparamos con lo que debería ser normal para todo ser humano, no puedo decir que los cubanos vivan bien. Lo primero de lo que carecen es de libertad de pensamiento, palabra y obra, así como de cualquier tipo de bienes materiales necesarios para llevar una vida digna.

Todo en Cuba me ha parecido contradictorio: el turista puede acceder a todo lo que desee en tiendas y restaurantes (comida variada, artículos de belleza, ropa, etc.) en los que el cubano tiene prohibido el acceso y ha de contentarse con mirar y prescindir de lo más básico, ya que el régimen les controla lo que han de comer o tener.

Por no tener, no tienen ni jabón para lavarse, ya que con una sola pastilla al mes han de asearse, limpiar la ropa y su casa...

Los medios de transporte que usamos los turistas son un buen ejemplo de esta diferencia. Nosotros nos movíamos por el país con un autocar con todas las comodidades (WC, bar, aire acondicionado, TV) y ellos viajaban hacinados en camiones o camellos (tráileres que portan un vagón dónde caben hasta 400 personas embutidas)

Resulta muy triste que gente tan extrovertida, alegre y digna como es el pueblo cubano tenga que depender de conseguir algún regalo o propina por parte de los turistas para poder mejorar su situación.

Toda la isla está llena de consignas políticas alusivas a la política de Fidel, la hazaña del Che y el recuerdo de la Revolución. Resulta bastante asfixiante no poder obtener más información que esa a todas horas, en prensa, televisión o radio.

Los miles de policías que vigilan desde cualquier esquina cumplen con rigidez su misión de evitar que los cubanos molesten al turista o hablen más de la cuenta de lo que no deben, su verdadera situación política.

La verdad es que el comunismo que se practica en Cuba me resultó falso e hipócrita, ya que los remendados automóviles de los años cuarenta con los que los cubanos intentan desplazarse no tienen nada qué ver con los Volkswagen, Mercedes o BMW de lujo que los agentes del gobierno usan.

Tampoco entiendo porqué tras luchar tanto por liberar a Cuba de ser el burdel de los norteamericanos, ahora se ha convertido en el de Europa, a pesar de la negación de Fidel.

Cuba tiene mucho más que ofrecer a los viajeros que sexo barato y exótico y su gente merece otro respeto.

Callejear por la Habana vieja: ¡La felicidad sí que existe!

No sé si era producto de la fiebre que padecía (sólo a mí se me puede ocurrir agarrar una gripe en pleno viaje) o el efecto de los exquisitos mojitos que habíamos tomado (geniales para contraatacar a los dichosos virus), pero en mi primer paseo por la Habana Vieja me sentí flotar en el aire. La noche en la Habana Vieja es mágica, se mezclan los sones caribeños que salen de las casas y de los bares, con las risas de la gente.

Las viviendas tienen sus puertas y ventanas abiertas de par en par, de manera que el transeúnte puede observar desde afuera a las familias en sus salitas viendo la tele. Debido a que los muebles son carísimos para ellos, muchos de los que vimos estaban sentados en sillas de plástico o en colchones en el suelo. Eso sí, no tenían aspecto de conocer lo que es el dichoso estrés.

La noche era tranquila y cálida y, a pesar de la gran oscuridad debida a la restricción en el consumo eléctrico, se respiraba mucha seguridad, puesto que en cada esquina vigilaba un policía.

Algunas edificaciones no se ven tan afectadas por el paso del tiempo y mantienen su belleza y porte coloniales intactos.

Caminando por las callejuelas, charlando y riendo con nuestros compañeros de viaje recién encontrados, Encarni, Nacer y Marcel, deseé que el tiempo se detuviera para poder disfrutar eternamente del hechizo de la Habana.

En ese momento pensé para mis adentros: “¡Esto es la Felicidad! No pensar en nada, buena compañía, tranquilidad y buena música”

Turistas en Cuba: No todos van en busca de sexo

Cuando abordamos el avión en Madrid hacia Cuba pude observar fácilmente los disparejos tipos de turistas que la isla recibe. Podría catalogarlo a grosso modo en cuatro clases: los pervertidos que van en busca de sexo fácil y barato, los amigos que van en busca de aventuras de todo tipo, las parejas en busca de sol, hotel y playa, y los viajeros con sed de conocer otros mundos y sus gentes.

Afortunadamente, la minoría que vi era los primeros.

Durante nuestra estancia en la Habana, compartimos nuestros paseos y experiencias con unos viajeros de gustos y preferencias parecidos a los nuestros: la pareja formada por el franco-argelino Nacer y la madrileña Encarni, y Marcel, un suizo de setenta y dos años, viajero infatigable, cuya vida se nos aconteció fascinante.

Nacer resultó ser gente de paz, un tipo simpático, afectuoso y tranquilo. Disfrutó de cada momento en la Habana, la cual había visitado en otras dos ocasiones anteriores. Sentía pasión por sus gentes y se paraba a hablar continuamente con todo aquel que le hiciera un gesto o le dirigiera un saludo, lo cual ocurría continuamente. Con todos deseaba charlar y entablar una conversación para conocerlos mejor. Recuerdo con estima un momento en que una desvalida anciana dirigió hacia él su mirada y le sonrió en busca de cariño o atención, y cómo él se le acercó y le besó en la mejilla con mucha ternura.

Encarni, persona también muy agradable y extrovertida, sufrió una pequeña metamorfosis desde su llegada a la isla. Al principio, el mejorable estado del hotel le crispó los nervios, pero conforme pasaban los días se empezó a adaptar a la diferente forma de vida y acabó incluso bailando salsa con los cubanos en plena calle. Disfrutó tanto que a su regreso se sentía muy apenada por no poder permanecer más días en la isla.

Marcel podría definirse como un espíritu libre. Había viajado por casi todo el mundo, y había conocido cientos de culturas diferentes.

Con sólo dieciséis años fue padre y, aunque se casó más tarde, no conseguimos saber su situación actual, ya que viajaba sólo y no explicaba nada de su esposa.

De profesión fue profesor de música, había vivido varios años en Brasil con un sueldo mucho más ínfimo que el que en Suiza podría tener, pero le permitía vivir libre como un pájaro y conocer gente diferente. También vivió en la India durante un tiempo, ganándose la vida como músico callejero.

Tipo culto, políglota, progresista y de alegre carácter, es una de esas personas con las que es un regalo charlar por lo mucho que ha vivido y puede explicar.

Para él la vida es aprovechar el día a día y, como decía con su marcado acento francés y ayudado de gestos: “hay que disfrutag antes de subig”.

Conocer a estas personas y otras que nos fuimos encontrando durante el recorrido por la isla me alegró porque rompe el tópico de que todo aquel que va a Cuba va en busca de sexo y placer. Placer sí obtuvimos, pero fue un placer para el espíritu.

Trinidad el encanto de una colorida ciudad

Nuestro siguiente destino tras dejar la Habana fue Trinidad. Durante todo el trayecto fuimos viendo el típico paisaje de la isla, con colinas pobladas de palmeras, zonas de cultivo, algunas cercas con vacas, pequeños pueblos y largas carreteras casi despobladas de vehículos a motor, pero con abundantes peatones y carros tirados por caballos.

Trinidad se encuentra a unos diez kilómetros del mar Caribe. Muy cerca de la ciudad se divisan pequeñas montañas de palmerales, lo cual ejerce un impactante contraste entre el verde vegetal y el inmenso azul del mar.

Al llegar nos sorprendió ver un lugar tan diferente a la Habana. Los edificios de Trinidad son bajos, multicolores y de sabor colonial. Sus balcones con rejas recuerdan a algunas ciudades castellanas. El efecto de los alegres colores, las calles empedradas y la gente de piel oscura paseando hace recordar inmediatamente que estamos en una isla caribeña.

La ciudad se ve muy limpia y ordenada. La gente pasea tranquila y no reparan en los turistas. De hecho, es extraño que alguien te pare para hablarte sin ningún motivo concreto, como suele suceder en la Habana.

En un pequeño museo de pintura pudimos conversar con la muchacha de la recepción, la cual nos volvió a repetir el miedo que el cubano tiene respecto a lo que el futuro les deparará cuando Castro ya no esté.

En la plaza mayor del pueblo pudimos contemplar un grupo de escolares que cantaban y bailaban alegres canciones. Celebraban el día de la Cultura. Todos ellos iban ataviados con sus uniformes y seguían al pie de la letra lo que los maestros les indicaban. Todos los turistas estuvimos contemplándoles algo risueños durante un buen rato (¡qué diferente era esta imagen de la de los taciturnos niños del Perú!)

El Hotel estaba situado en una semidesierta playa de arenas blancas, cocoteros y mangles que nos cautivó y nos invitó a pasearla.

Durante todo el paseo asustadizos cangrejos blancos como la arena corrían a refugiarse a sus agujeros.

La playa se extendía por varios kilómetros y no fue posible caminarla entera, ya que anochecía.

El único inconveniente que sufrimos fue la picadura de las pulgas de playa, que se cebaron con las piernas peludillas de Juan.

En la playa de Trinidad contemplamos uno de los más hermosos atardeceres que hemos visto jamás.

La sonrisa de los niños

Una vez más pudimos corroborar lo que ya veníamos observando a lo largo de nuestros múltiples viajes por Latinoamérica: la sonrisa de los niños que, a pesar de carecer de tantos bienes materiales a los que aquí estamos acostumbrados, regalan con sinceridad prueba de su felicidad ante lo más esencial.

Aunque no es comparable el nivel de vida de Cuba con Perú, algunas zonas de México, o incluso de Argentina, los niños de la isla no cuentan con todos los adelantos y comodidades que tienen los nuestros. Ninguno tiene videoconsola, moto eléctrica o puede ir a ver los últimos estrenos en el cine y tener todos los DVD que quieran, pero gozan de unos paisajes envidiables, de los juegos compartidos en las seguras calles, de la sonrisa de los turistas... de cualquier nimiedad que les hace disfrutar de su época de inocencia.

Cienfuegos: la otra Cuba

Cienfuegos es una bonita ciudad ubicada en una bahía abierta al mar Caribe. Resulta muy diferente a la Habana, tanto en su aspecto como en el ambiente que se vive y el carácter de sus gentes.

La ciudad debe su nombre a José Cienfuegos, capitán general que ejerció el mando entre 1816 y 1819. Hoy, Cienfuegos es uno de los mayores centros industriales de Cuba.

Hay un elevado número de habitantes de piel clara y ojos azules, legado de la inmigración francesa.

La primera impresión que nos llevamos de Cienfuegos fue la de una ciudad colonial, limpia y bien conservada. Su gente es tranquila y callada, nadie te aborda por la calle, lo cual contrasta con la experiencia vivida en la Habana.

Tiene un paseo principal, que puede recorrerse de dos formas dependiendo del clima y la preferencia de cada uno: el prado, o sea, la parte central del paseo, con algunos árboles y parterres pero con mucha insolación, y los porches laterales, frescos y sombríos, desde los que se puede observar el interior de algunas casas.

Hacia la zona marítima se encuentra el barrio aristocrático de Cienfuegos, Punta Gorda, en el que se pueden observar algunas casas de lujo. Nosotros paramos para comer en un magnífico palacete, el palacio de Valle, de estilo morisco, construido en 1917 por un gallego adinerado que había hecho fortuna gracias a sus negocios de caña de azúcar. Cuentan que cuando oyó el falso rumor de que sus negocios se iban al traste se murió del disgusto, dejando a la viuda nadando en su fortuna. Ésta acabó por irse del palacio, pues se aburría soporíficamente, dejándolo al cuidado de una doncella de su servicio.

Actualmente es un restaurante, con una bonita vista desde la terraza y con música en vivo. Esto fue lo más gracioso, pues de tal entretenimiento se encargaba una señora de color más bien mayor, ataviada con un alegre vestido y pañuelo azul vistoso, muy pintada y coqueta, que cantaba y tocaba el piano con mucho glamour.

La comida en el restaurante fue más de lo mismo: ensalada de col de primero y pollo, cerdo o pescado de segundo. La verdad es que tras una semana de comer lo mismo acaba aburriendo a cualquiera.

En Cienfuegos también visitamos el teatro Tomás Terry, construido por los hijos del susodicho industrial venezolano. Se trata de un hermoso auditorio del año 1887, con un aforo para 950 personas, asientos tallados en maderas nobles cubanas y un imponente fresco en el techo.

La verdad es que vale la pena conocer esta bonita ciudad, sobre todo para llevarse una impresión diferente a la que ofrece la Habana. Quizás le falte el encanto de sus parlanchinas gentes pero es de agradecer poder pasear por calles más limpias con edificios rehabilitados.

Varadero: ¿es esto cuba?

La última parte del viaje transcurrió en Varadero. Lo cierto es que tiene tanta fama que lo teníamos idealizado y cuando llegamos se nos cayó el alma a los pies.

El pueblo en sí no tiene ningún encanto. Se trata de una población desordenada, de casas bajas y hoteles altos sin ninguna gracia ni concierto. No hay edificios emblemáticos o plazas bonitas.

Toda la población bordea la playa que, aunque tiene una bonita arena blanca y un hermoso mar turquesa pierde su encanto caribeño al haber desaparecido casi toda la vegetación y estar rodeada de edificios.

El hotel estaba muy cerca de la playa y resultó ser bastante sucio. Los manteles no se cambiaban nunca y los lamparones se iban acumulando. La cama estaba llena de arena, incluso antes de estrenarla...

Además el tiempo no nos acompañó, pues hizo viento fuerte, lluvia y frío.

Lo único que hicimos fue una excursión en barco con el fondo transparente, para poder ver los corales y los peces.

Las excursiones a los Cayos (islas idílicas con hermosas playas) se vendían en los hoteles a precio bastante elevado. Como el tiempo no nos acompañó no contratamos ninguna, así es que no pudimos verlos.

Ciertamente no recomiendo a nadie ir a Varadero para quedarse ahí. No le encuentro ningún encanto ni gracia, salvo que se pueda ir a ver los Cayos que, supongo, valdrán mucho más la pena.

Por su puesto, no se respira la alegría ni la gracia de los cubanos, puesto que es una población artificial creada por y para los turistas.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Muchas gracias Juan y Sonia. Somos una parejita boliviana, nos casamos este próximo diciembre y estamos buscando destinos para el viaje de bodas. Nos gustó mucho su blog sobre Cuba y también fue de mucha ayuda. Cariños desde Bolivia.

Evelin y José Miguel

Anónimo dijo...

Oigan esa parejita que conocieron como que les paga la CIA para que agarren a turistas como uds y los sigan engañando, les propongo que vuelvan pero esta vez de manera independiente y sean uds los que les pregunten a cualquier cubano fuera de areas turisticas y veran la realidad de Cuba y los paises progresistas. Saludos

Nacho dijo...

Muchas gracias chicos!
Estamos pensando ir este enero a pasar la nochevieja y unos días. Me haservido de mucho leer vuestro relato.

Anónimo dijo...

Hola parella.
Doncs es possible que nosaltres hi anem aquest proper mes de Maig, 3 SETMANES, em sembla que potser veurem una mica mes que vosaltres...
Ja en parlarem el dia de la calçotada...